Dos bellas, pulposas y juguetonas morochas te están mirando directamente a los ojos mientras con sus lenguas repasan sus labios invitándote a tener sexo. Te guiñan y provocan hasta que te acercás a ellas y salen del bar para darle rienda suelta a la pasión en un callejón. Una de ellas te baja el cierre lentamente y mientras te chupa el pene con delicadeza la otra se abre la blusa para que metas tus manos y boca sin restricciones. ¿Linda imagen no?
Seguramente para ustedes, hombres, fue mucho más excitante que para nosotras, que ya estamos pensando qué mierda hacen esas dos desnudándose en un callejón y por qué dos minas divinas eligen a un solo tipo que, seguramente, en nada se parece a Hugh Jackman. O por lo menos eso estoy pensando yo.
La diferencia en cómo percibimos el placer es fundamental a la hora de tener sexo. No voy a decir la estupidez de que no me excita pensar en escenas como esa, pero a mí, como creo le pasa a la mayoría de las féminas, necesitamos de algo más que penetración y masturbación.
He aquí un ejemplo ilustrativo:
Con uno de mis ex fuimos a unas de esas fiestas en una casa de fin de semana que tras litros de alcohol a las 2 de la mañana terminan todos borrachos. Aunque era pleno invierno, decidimos salir al patio a pegarnos una buena revolcada, pero nuestros deseos se vieron frustrados cuando en el camino nos encontramos con otra pareja que había tenido la misma idea que nosotros. Ella estaba medio desnuda y él la penetraba con unas ganas que asustaban. Mi novio se excitó aún más, y me pidió que se la chupara mientras nos quedábamos escondidos mirándolos coger sobre una reposera al lado de la pileta.
Lo hice porque era mi novio, porque a mí la verdad es que me gustaba más la idea de seguir mirando que tener que ponerme a trabajar en el placer del otro. Así que saqué mis dotes de actriz porno y efectué una digna e increíble performance. Obvio el idiota acabó y se quedó con una sonrisa de feliz cumpleaños durante la siguiente media hora mientras yo puteaba por mi estúpido amor incondicional y por las ganas inconclusas que me había generado la situación de que nos encontraran viendo a los otros dos mientras cogían.
En mi cabeza había miles de escenarios, no chupársela al idiota de mi ex y quedarme con las ganas. Podíamos coger igual, podíamos mirar e imitarlos, podíamos esperar a que terminaran y que se dieran cuenta que los vimos e invitarlos a mirar, podíamos sumarnos a su experiencia y que ellos se sumaran a la nuestra. Todas esas ideas se me cruzaron por la cabeza. Pero no, al boludo lo único que se le ocurría era que yo se la chupara. Una mente brillante la suya.
Para mí la pornografía es un disparador del deseo, de las fantasías, el camino que lleva a miles de experiencias sexuales. Para ustedes es el fin, sirve para excitarse y la disfrutan solos en sus habitaciones, como una vía rápida para llegar a la masturbación y al clímax.
Por eso la pornografía para mujeres está pocas veces bien planteada. No me interesa ver chongos con pitos enormes tocarse o cogerse a una tetona con cara de gozadora.
Me interesa ver algo que dispare mi imaginación, me sugiera, me invite a imitar lo que veo, me prepare el terreno para explorar con el otro.
Basta de penes enormes, penetraciones violentas y mujeres sumisas al servicio del hombre.
Voto por imágenes de tipos divinos que preparan el camino para una verdadera noche de placer, que incluya juegos previos, imágenes eróticas, champagne, chocolate, risas, sexo, tríos y charlas. SI CHARLAS! Pero de esas cochinas que te llenan el cuerpo de cosquillas. Pornografía verbal, con adjetivos asquerosos e insinuaciones que exploten la libido.