-Su nombre es… Mathías Larrosa. Es un alférez del ejercito aeronáutico uruguayo. Ningún historial de problemas o sanciones que valga la pena. ¡NADA!- exclamó la comandante con frustración.

Mathías sonrió. A fin de cuentas, estaba luchando su propia guerra. Él sabía todo lo referente a esa operación, el mismo había sido copropietario de la idea. Sabía que debía estar pensando el general Ordoñez en esos momentos. Cuando aún en un recuerdo vago y en la penumbra más oscura de su ser, veía su última conversación con el general.

-Señor, me reúso a formar parte de semejante falta de humanidad- dijo él con tono calmo fumándose un cigarro olvidado en su mente. Última vez de paz dentro del centro.
-¡TU NO ERES NADIE PARA CUESTIONAR MIS ORDENES NIÑO!- exclamó el general golpeando la mesa con furia. Luego sonrió y bebió su aguardiente de un sorbo. –Además, ¿cómo has olvidado tan pronto que la idea surgió por parte tuya aludiendo a una situación similar?
-La situación se argumentaba bajo un virus como el Ebola de Zaire, donde tendríamos que evitar bajas existenciales en la humanidad de forma justificada. Acá simplemente estamos…
-Evitando que se propague el virus. ¿No era tu elección?
-Matando a personas inocentes, señor. Personas que podrían sobrevivir. En una de esas el virus solo se encuentra en aquí, en Montevideo. Como he dicho, me reúso a formar parte de esté holocausto futurista- respondió él saliendo por la puerta grande de un portazo.

Sabía que le iban a seguir. Por lo tanto, tomó el atajo más cercano, lejos de los soldados que habían sido ordenados a detenerles. Se escondió detrás de un contenedor y cuando vio los pies de su enemigo más cercano. Empujo dicho contenedor hacia delante rompiéndole las costillas al perseguidor, esa ventaja temporal y gasto de pólvora por sus perseguidores, le dio la chance de huir. Seguía con su marcador limpio, ni una marca en su arma aún.
Caminó largo y tendido, lejos de lo que pudiera recordar -victima de la soledad y el miedo-, huyendo de las criaturas. Hasta que vio a una policía, que intentaba liberarse de varios cadáveres caminantes. Su heroísmo respondió por él, dos disparos certeros y mató a los zombis mirando sorprendido la situación. No había sido en efecto, nada difícil que hacer. Se había sentido satisfecho, por primera vez cumplía con su rol como militante en pos del bien de su propio país.
La chica, esbelta de figura y gran sonrisa, se acercó a él, sorprendida pero a la vez aterrada. Tal vez el miedo entre ambos de lo que estaban viviendo fuera tal, que evidentemente se habían amistado al instante. Le pregunto su nombre. Sara, así le había dicho que se llamaba.

-¿Qué haces por aquí sola?, debes tener cuidado, han autorizado el código rojo. Vendrán a por nosotros en cualquier momento.
-Estoy buscando a un chiquilín- respondió ella con semblante preocupado. -Escapó de unos zombis hace un momento. Me ha acompañado en toda esta situación, pero estoy preocupada por él.
-¿Segura que no esta…?
-Muy segura. Es demasiado ágil, además posee una velocidad mental envidiable. Debe estar escondido en algún edificio.
-Quizás podríamos aprovechar el hecho que aun este barrio no esta lleno de zombis. Le buscaríamos mejor así- contesto él y ambos trazaron un plan de movimiento.

De eso había pasado mucho o tal vez nada. Lo que nadie sabia, era que tanto el “chiquilín” de nombre Camilo y Sara, estaban detrás del coche, junto a él. Acostados para que nadie se percatara de su presencia, pero prontos para suplantar al soldado en caso que le hirieran. Así llegaban al cuarto bloqueo, con esa mentira piadosa de niños que podría salvarles la vida. Ahora un poco desolados ante la perspectiva actual, sabían quien era el fugitivo, usarían lo que tenían para detenerle.