[CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
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[CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
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Por una idea que tiró Alita acá, arrancamos con este thread. La idea es crear un espacio donde la gente que disfrutamos leer podamos compartir un texto en común, discutir ideas e imágenes, debatir un poco, buitrear bajo el disfraz de "uy mirá que intelectual que soy", en fin, lo que de. La idea es centrarnos en cuentos cortos, cosa que todos tengamos tiempo para participar. La consigna básica es dejar llevarnos por el texto, después vemos si necesitamos alguna otra consigna o disparador.
El primer texto, sugerido por Alita, es "Eva está dentro de su gato" de Gabriel García Márquez, publicado en 1948 (tenía 20 añitos el pibe). Los invito a leerlo y compartir que les pasa con el texto.
Eva está dentro de su gato

De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y que ahora había dejado caer -¡quién sabe dónde!- con un cansancio resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada, diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado dolorosamente en sus noches de soledad desesperada. O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.
Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.
Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa… Exactamente como un tumor o como un cáncer.
En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.
Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría -no, no podría jamás- sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.
Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de «el niño». Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que «el niño» traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en «el niño» que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.
Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder «eso»? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño, desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche -la de su tránsito- hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. «¡El tiempo… oh, el tiempo…!», suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando «el niño» con su llanto chiquito desde el otro mundo.
Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento -como de costumbre- seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba demorando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.
La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y… ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido «ese deseo». La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a «el niño». Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que «el niño» había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que «el niño» estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero… ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y…
Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.
Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de «el niño». Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma «qué habría sido de esa niña». La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios -algunos maliciosos- sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.
Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora -quizás la única vez que los necesitaba- no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.
Hacía apenas un segundo -de acuerdo con nuestro mundo temporal- que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba «el niño» persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.
Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.
Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque… -¡oh!- no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de «el niño». Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.
Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.
Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no…! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de «el niño» que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.
Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones… Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.
Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez «el niño'' en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y «el niño» no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.
Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.
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Amapola (10/08/2011), choclaster (17/01/2012)
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Voy a empezar diciendo que me parece una idea estupenda. Ya leí el texto y procedo:
Nunca me gustó mucho García Márquez. Su "realismo mágico" nunca lo entendí ni me gustó.
Este cuento me pareció, primero, muy largo. Que es el defecto que le encuentro generalmente a todo. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Después, el tema... Me aburre. No acabé de entender lo "del niño" ¿Era un hijo o un pariente muerto? Tampoco entendí porque la belleza se la otorgaban los antepasados. Y el terror que sentía ¿a qué se debía? La urgencia por consumir una naranja quizá lo entiendo como un anhelo por lo terrenal, pero me parece inexplicable el temor por "tener ganas de comerse un ratón" El arsénico que cubría todo ¿qué significa?
Me molesta leer y no llegar a comprender. Lo mismo me pasó en alguna ocasión con Salinger o Huxley, cuyos finales siempre me parecieron inexplicables o los entendía mal (con lo cual culpaba a las traducciones, lo admito). Pero acá no puedo culpar a nadie, sino a mi espíritu analítico y mi "materialismo".
Al leer este cuento tengo la misma sensación que me dejó "Cien años de Soledad": Sensación de tiempo perdido.
Bueno, esa fue mi brutal crítica. Espero que los demás sean más juiciosos, más inteligentes que yo y puedan llegar a disfrutar el relato.
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Bueno, a mí me gustan los escritos de García Márquez (no leí taaanto tampoco). Este en particular me costó un poco encontrarle la vuelta. Lo que me llama la atención es la decisión de suicidarse sólo por el hecho de ser demasiado linda. Como que ella no le veía sentido que sólo la consideraran una "cara bonita" y que no sirviera para nada más que eso. Claro, después se da cuenta que quiere volver a un estado corpóreo. Como decía Amapola, el hecho de desear comerse una naranja demuestra que tenía deseos terrenales todavía. Esas incongruencias de la vida de querer algo y después darte cuenta que querés otra cosa. Como que nunca estamos completamente satisfechos con lo que tenemos. O tener una idea sobre algo y después darte cuenta que no es así como te lo imaginabas. Ella se sentía maldita por tener esa belleza, pero al final quiso reencarnarse en un gato para poder volver a llamar la atención con sus encantos e inteligencia de mujer. Quién la entiende? Sinceramente no me dejó mucho el cuento. No fue algo que me llegara...
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Cabiado Senior
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Hay un cuento que leí hace un tiempito que me gustó mucho. Se llama The Garden Party y es de Katherine Mansfield. Estoy buscando la traducción al español... Me parece que estaría bueno que hagamos una lista de los cuentos que les interesa leer. Yo les tiro los que voy leyendo o leí y que me parecen interesantes para comentar...
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez

Iniciado por
Alita
Hay un cuento que leí hace un tiempito que me gustó mucho. Se llama The Garden Party y es de Katherine Mansfield. Estoy buscando la traducción al español... Me parece que estaría bueno que hagamos una lista de los cuentos que les interesa leer. Yo les tiro los que voy leyendo o leí y que me parecen interesantes para comentar...

Iniciado por
Amapola
Voy a empezar diciendo que me parece una idea estupenda. Ya leí el texto y procedo:
Nunca me gustó mucho García Márquez. Su "realismo mágico" nunca lo entendí ni me gustó.
Este cuento me pareció, primero, muy largo. Que es el defecto que le encuentro generalmente a todo. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Después, el tema... Me aburre. No acabé de entender lo "del niño" ¿Era un hijo o un pariente muerto? Tampoco entendí porque la belleza se la otorgaban los antepasados. Y el terror que sentía ¿a qué se debía? La urgencia por consumir una naranja quizá lo entiendo como un anhelo por lo terrenal, pero me parece inexplicable el temor por "tener ganas de comerse un ratón" El arsénico que cubría todo ¿qué significa?
Me molesta leer y no llegar a comprender. Lo mismo me pasó en alguna ocasión con Salinger o Huxley, cuyos finales siempre me parecieron inexplicables o los entendía mal (con lo cual culpaba a las traducciones, lo admito). Pero acá no puedo culpar a nadie, sino a mi espíritu analítico y mi "materialismo".
Al leer este cuento tengo la misma sensación que me dejó "Cien años de Soledad": Sensación de tiempo perdido.
Bueno, esa fue mi brutal crítica. Espero que los demás sean más juiciosos, más inteligentes que yo y puedan llegar a disfrutar el relato.
Genial! me parece muy bueno que hagas una lista! Les propongo que cada semana una persona distinta elija un cuento para analizar, por ejemplo que el miércoles que viene cree un tema con un cuento Amapola, el otro Acqua di leo, y asi 
Para entender mejor la historia decidí buscar sobre el realismo mágico que nombró Amapola, hice un th que copie de wikipedia jaja pero subrayé algunas cosas que me parecieron interesantes y hay una cita de García Marquez, que puede ayudar. http://www.cabiados.net/letras-y-hum...tml#post415026
Hablando del cuento, Para mí:
a mi no me pareció suicidio, simplemente se murió. Me parece metafórico y la belleza era la vida, ya que se libra de esa belleza cuando se muere, simplemente estaba vieja, cansada, sola, y recordando gente muerta (el niño). Como que estaba de este lado pero deseaba estar del otro.
García Marquez hace la historia densa a propósito, para mi es un recurso para mostrar algo, repite bastante cosas que ya dijo, en otras palabras, no es algo que le sale sin querer, hace todo muy denso, quizás para que el lector se vaya introduciendo lentamente en la historia, y después te hace caer que pasaron tres mil años. Fíjense en esto:con la lentitud que ocurre el tránsito a la muerte, y después mas o menos en el mismo tiempo relata tres mil años, que pasan vertiginosamente aunque lo relata tan lento!
Y la explicación del arsénico... pasaron 3.000 años, puede que el mundo no exista mas, puede que se haya contaminado todo, pueden ser muchas cosas. Lei en Wikipedia sobre el arsénico y se relaciona con toda su historia, asi que pueden darle el significado que quieran:
- Es un elemento químico esencial para la vida aunque tanto el arsénico como sus compuestos son extremadamente venenosos.
- Insecticida
- El arsénico se encuentra en forma nativa y, principalmente, en forma de sulfuro en una gran variedad de minerales que contienen cobre, plomo, hierro (arsenopirita o mispickel), níquel, cobalto y otros metales.
- Se ha atribuido al arsénico propiedades cancerígenas.
- La presencia de arsénico en el agua potable puede ser el resultado de la disolución del mineral presente naturalmente en el suelo por donde fluye el agua antes de su captación para uso humano; o bien, por vía antrópica por contaminación industrial o por pesticidas.
Última edición por Ivipkr; 11/08/2011 a las 18:17
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez

Iniciado por
Ivipkr
(...)
a mi no me pareció suicidio, simplemente se murió. Me parece metafórico y la belleza era la vida, ya que se libra de esa belleza cuando se muere, simplemente estaba vieja, cansada, sola, y recordando gente muerta (el niño). Como que estaba de este lado pero deseaba estar del otro.
García Marquez hace la historia densa a propósito, para mi es un recurso para mostrar algo, repite bastante cosas que ya dijo, en otras palabras, no es algo que le sale sin querer, hace todo muy denso, quizás para que el lector se vaya introduciendo lentamente en la historia, y después te hace caer que pasaron tres mil años. Fíjense en esto:con la lentitud que ocurre el tránsito a la muerte, y después mas o menos en el mismo tiempo relata tres mil años, que pasan vertiginosamente aunque lo relata tan lento!
(...)
¡Buenísimo! Totalmente puedo percibirlo así ahora que lo comentás.
Es lo bueno de estas opiniones compartidas, te dan nuevas perspectivas.
Cada persona para mí es un mundo privado lleno de maravillas.
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Que te pasó Amapola, antes eras chévere...
Y vos Alita, la puta madre, lo elegiste vos el cuento
. Ivipkr, genial lo tuyo.
Bueno, a su favor, el cuento es un toque largo y denso, y sí, el estilo no es para todos los gustos. Alguien me dijo alguna vez que para disfrutar a García Marquez primero había que fumarse un buen porrito.
En esta primera serie de cuentos, García Marquez explora lo femenino, y casi casi podríamos hacer un recorrido freudiano del texto. El enigma de lo femenino está en el enigma mismo, en ese no saber que es lo que se quiere en terminos de deseo, en el querer eso que le falta pero no sabe qué es. El cuento arranca con la relación de esta mujer con un atributo femenino por excelencia, la belleza (en terminos de deseo, sentirse deseada por otros), que para esta mujer viene como mandato: siente el peso de ser bella y siente que sus ancestros por el natural mecanismo de la herencia genética, le ordenan ser deseada. Su propia muerte (la de la mujer) se describe como la pérdida abrupta de ese atributo con pinta de carga pesada.
Aparece tambien el fantasma del "niño", que viene a representar precisamente otro rasgo distintivo de lo femenino: la maternidad (Freud diría a lo bruto que en el psiquismo femenino, un hijo es para una mujer algo que simboliza la completitud) (simboliza, no que realmente lo sea). El niño es su hijo, pero este hijo ha muerto y está enterrado bajo el naranjo, es un símbolo que ya no cubre ninguna falta. La imposibilidad de ella de comer antes una naranja es clara, se estaría comiendo a su propio niño. Y el deseo incontenible de comer una naranja (comer a su hijo, volver a ser uno con su hijo, encontrar la completitud perdida) ahora que está muerta se hace imposible en su estado adimensional. Siempre da vueltas con esto: lo que desea, lo que cree que la colmaría, no lo tiene al alcance.
El miedo, que tambien aparece y muy fuerte, es la contraparte de ese deseo porque es encontrarse con lo desconocido. Desear es desear llenar la falta, pero una vez llena la falta, qué hay? Es el abismo, el miedo puro a lo desconocido, el peligro de esta mujer que no se define por su deseo sino por su falta.
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Cabiado Senior
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Muy buenos comentarios. Este tipo de cosas hace que veamos cosas que no habíamos visto. Por ejemplo lo de que el relato es denso. Puede ser que haya sido a propósito como para sentir lo de los 3000 años... Muy buenas apreciaciones todas! Bueno, ahora a ponerse las pilas y elegir cuentos!
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Gracias! No había observado lo de la naranja y el niño, aunque está bastante claro, me concentré en lo que ya conté.
El de Amapola me parece un comentario tan válido como los otros, te va a pasar siempre que algún autor no le encuentres la vuelta, o no logres entrar en la historia. Estoy leyendo un libro para el taller literario hace meses, me encanta la autora, todos lo terminaron de leer, yo sin embargo todavía no lo termine, ni tengo ningún comentario para hacer, y eso que no es una novela sino que cada capítulo es un relato y se pueden leer en cualquier orden. Gustándome la autora y todo, me cuesta muchísimo, me trabo, tengo que releer...
Justamente tuve la misma sensación que amapola cuando termine de leer, y entonces se me ocurrió que si ya a dos personas nos pasaba lo mismo era por algo y que quizas lo había hecho a propósito, y así empecé a notar lo que escribí.
Estoy de acuerdo en muchas cosas, el cuento es excesivamente largo, cien años de soledad fue un parto leer, ni siquiera lo entendí, lo leí hace mucho y seguro que pasé por alto muchas cosas pero no me dan ganas de volverlo a leer. García Márquez no me gusta mucho tampoco pero este cuento me gustó, no me encanta, pero me gustó. De todo lo que leí de él, lo que realmente me gustó es la novela Crónica de una muerte anunciada.
Propongo que la semana que viene el cuento lo elija Amapola, ya que a pesar de que no es lo que le gusta leer, lo leyó, es la que primero comentó y le puso toda la onda. 

Iniciado por
Amapola
Cada persona para mí es un mundo privado lleno de maravillas.
qué buena frase! 
Sigan comentando, quiero seguir descubriendo cosas!
Última edición por Ivipkr; 12/08/2011 a las 12:34
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Cabiado Senior
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Y? Qué pasó con esto? No van a elegir otro cuento?
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
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Cabiado Senior
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Respuesta: [CLUB DE LECTURA] Eva está dentro de su gato - Gabriel García Márquez
Elegí alguno vos 
De paso... No encuentro el thread, pero me preguntaba qué onda con el concurso de cuentos cortos? Tengo un cuento terminado y tengo ganas de participar
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